Después de leer Biblioteca pública, de Ali Smith (editorial Nórdica) me he puesto a pensar en mi relación con las bibliotecas. Desde mi adolescencia, son lugares en los que he pasado mucho tiempo, donde yo he estado muy presente y, a la vez, ellas han estado muy presentes en mi vida.
Recuerdo perfectamente la primera vez que entré en la biblioteca de mi barrio. Yo estudiaba 2º de BUP y fui con mi hermana a buscar información para un trabajo del instituto. Era la biblioteca Ruiz Egea, en Cuatro Caminos. Estaba abarrotada de gente. Gran parte del hall de entrada lo ocupaba el mamotreto del armario que contenía el catálogo de fichas. Detrás del mostrador estaba el bibliotecario que recogía las peticiones y sacaba los libros del depósito del que entraba y salía por una puerta vieja y pequeña. En ese momento me pareció un espacio anticuado y frío, a pesar del calor agobiante de la calefacción.

Con el tiempo he sabido que fue la primera de las bibliotecas populares que se crearon en Madrid, en el año 1915, así que es una biblioteca con mucha historia. Y para mí también la tendría, pero en esa primera visita me era imposible saber todo lo que durante muchos años viviría allí. Ahí estudié gran parte del COU, la selectividad y toda la carrera.
Durante esos años fui testigo de cómo la biblioteca cambiaba: de las peticiones en depósito de aquella primera visita al acceso libre a la colección, estanterías y mesas modernas, más y mejor iluminación, el catálogo en ordenadores… continuas modificaciones hasta la última reforma en la que la biblioteca se especializó en música y audiovisuales, y con la que desapareció la sala de lectura. Para mí, en ese momento mi querida biblioteca perdió su alma porque sin la sala de lectura la biblioteca no te invitaba a quedarte. Para mí ya no era el espacio de encuentro con los libros que siempre había sido.
Por suerte ya había descubierto otras bibliotecas a las que ir a leer y estudiar, especialmente la José Luis Sampedro o “biblioteca de Iglesia”, que es como mi hermana y yo la llamábamos porque quedaba cerca de esta estación de metro. Y, por supuesto, la Vázquez Montalbán en Francos Rodríguez. En ambas he pasado mucho tiempo leyendo y he sacado muchos libros en préstamo. De hecho, sin estas bibliotecas creo que no habría podido ser contadora de cuentos ni escritora…o quizá sí, pero mi desarrollo habría mucho menor.
Tras la época de estudiante y desde que comencé a contar cuentos, las bibliotecas se convirtieron para mí en espacios de literatura compartida en voz alta, y de creación y lectura personal en voz baja.
Con mi hijo también he vivido mi cariño por las bibliotecas. Desde muy pequeño hemos disfrutado yendo juntos a elegir cuentos para traerlos a casa. En esta vivencia tan grata ha ayudado mucho encontrarnos con bibliotecarios tan acogedores como Javier y Juan, de la biblioteca El Pinar, de Alcorcón, que nos saludan llamándonos por nuestro nombre, y que tratan a la gente y a los libros con atención y cuidado, muy conscientes de lo que significa su trabajo.
Las bibliotecas para mí son espacios de libertad y de tranquilidad, lugares en los que no entran las prisas, el estrés y los ruidos de la vida diaria, que desaparecen nada más cruzar la puerta de entrada. Solo el hecho de ver tantos libros (tantas creaciones, reflexiones e ideas) esperando tranquilos y reposados en las estanterías a que alguien los abra, me da una gran sensación de paz, de sosiego y de amplitud. Como si ante ellos la mente se abriera y se posicionara en un lugar diferente, dispuesta a recibir todo ese conocimiento y creatividad que albergan.
Ahora puedo decir que las bibliotecas me han formado, no solo intelectualmente, sino que me han formado como soy. Me han ayudado y me han facilitado poder desarrollar mi faceta artística y mis actividades como contadora y escritora. Han sido también un espacio de trabajo profesional, de un trabajo muy satisfactorio como es el de contar cuentos a bebés, público infantil y adulto.
Las bibliotecas forman parte de mi vida, de lo que soy.
A partir de ahora lo serán más todavía.