En voz alta

Cuento cuentos, escribo y pienso, aunque no siempre lo hago en este orden.

Tu voz no se ha ido

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Se nos ha ido Mercedes, narradora, maga, actriz, escritora. Ella ha sido una de mis maestras en el arte de contar cuentos. Maestra y madre para mí, no solo por lo que me enseñó, sino también por su cariño y apoyo.

Fui su alumna en los talleres que daba en la escuela de Comisiones Obreras, y a partir de ahí, compartimos muchos años de oficio y de amistad: funciones, charlas y ensayos en su casa, sus ricas comidas y celebraciones de cumpleaños, todo el trabajo de creación y los primeros años de la asociación MANO, y muchísimos momentos.

Sobre todo aprendí de ella que un escenario es un espacio de libertad, un espacio de expresión en el que no caben los miedos, las ataduras ni otras limitaciones. Ella siempre me animó a seguir creciendo como contadora y a superar mis inseguridades.

Uno de los recuerdos más especiales que guardo de Mercedes es el viaje de vuelta del encuentro de narración oral celebrado en Mondoñedo (Lugo). En el coche vinimos hablando de la poca presencia que tiene la muerte en nuestra vida cotidiana, comentábamos que es muy importante ser consciente de que la muerte es la otra cara de la vida precisamente para disfrutar más de esta. En aquella conversación surgió la idea de organizar una función en el café Libertad 8, que titulamos Cuentos divinos de la muerte. En estos momentos, tanto la conversación como el recuerdo de aquel espectáculo recobran aún más su significado.

También me acuerdo con mucho cariño de una sesión en este mismo café que organizamos la asociación para celebrar el Día de la Narración Oral. Mercedes me prestó una marioneta muy graciosa que yo lo utilicé para dar vida al sabio de mi cuento. El muñeco me dio mucho juego en el escenario y resultó muy divertido.

Pero el recuerdo más vivo que tengo de Mercedes es su voz, cuando ella me llamaba y me decía “Martita…” Su tono, su timbre, la musicalidad con la que lo decía y todo lo que con ella expresaba no puedo reproducirlo en este texto, pero lo tengo muy vivo en la memoria. Es lo que tiene la voz -los narradores lo sabemos bien- que no se puede plasmar por escrito. Esa es, de hecho, su magia: que es efímera pero, a la vez, se mantiene en la memoria.

Por eso, para mí, la mejor manera de recordar a Mercedes es recordar su voz, que en mi memoria (“Martita…”) y en la de todas las personas que compartimos tiempo con ella estará siempre presente.

¡Gracias por tanto, Mechita! Tu voz no se irá nunca.

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