En voz alta

Cuento cuentos, escribo y pienso, aunque no siempre lo hago en este orden.

A vueltas con el lenguaje inclusivo

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Desde hace tiempo tenía ganas de sentarme a pensar y a escribir sobre este asunto del “lenguaje inclusivo”. Sé que es un tema en el que sé que mis opiniones pueden resultar chocantes e incluso inquietantes para muchas personas (a varias amigas, por ejemplo). Pero no es mi intención molestar a nadie, ni muchísimo menos polemizar ni batallar sin sentido. Lo único que pretendo es reflexionar y aportar mi opinión a un debate con el que me llevo topando desde hace años.

A menudo, cuando escribo textos y son leídos por otras personas, es muy frecuente que alguien –normalmente alguna mujer- comente que a mi texto o a parte de él le falta el “lenguaje inclusivo”. Además, también frecuentemente quien hace este comentario no suele hacer ninguno más sobre otros aspectos como el contenido, el mensaje, el punto de vista, la argumentación, etc. Parece como si el hecho de no seguir las reglas establecidas por el “lenguaje inclusivo” inhabilitara el texto, lo dejara sin ningún tipo de valor. Otras veces, este tipo de  comentarios los hacen a modo de recordatorio, como si yo al escribir no hubiera reparado en ello y de modo paternalista me ayudan a caer en la cuenta de mi error.

Sin embargo, aunque quienes hacen estos comentarios puedan pensar lo contrario, he reflexionado mucho sobre este tema. Cómo no hacerlo si se trata de dos temas que me interesan sobremanera: la escritura y el feminismo. Y digo feminismo, sí, porque me defino como tal. Y defiendo que puedo seguir siéndolo sin seguir a pies juntillas las reglas establecidas en las guías de lenguaje no sexista.

En primer lugar, como dice la RAE, creo en nuestra lengua el masculino, el género no marcado, engloba a ambos sexos. Por ello creo que no es necesario hablar continuamente de niños y niñas, hombres y mujeres, padres y madres, trabajadores y trabajadoras, etc. que convierten al texto en farragoso, lento, pesado, poco directo, en definitiva, poco comunicativo. Y por tanto pierde el objetivo principal de la lengua que es el de comunicaros. Por otro lado, yo me cuestiono si explicitar continuamente, a lo largo de todo un texto “niños y niñas”, “abuelos y abuelas”,”padres y madres”, “los y las jóvenes”, “ciudadanos y ciudadanas”, “trabajadores y trabajadoras”, etc. es realmente una manera de visibilizar a las mujeres o si en la actualidad es más bien una cuestión de corrección política. De hecho, yo he leído textos y publicaciones en los que se marcaba el doble género pero cuyo contenido era profundamente machista.

Es cierto que en determinados textos, según su contenido o su finalidad, puede ser pertinente marcar el doble género, por ejemplo en el caso de artículos sobre cuestiones sociales en las que la diferente realidad de ellos y ellas sea necesario señalarla. Estoy pensado en temas como la explotación laboral infantil, pero hay muchos más.  En estos casos, en los que hacer esa diferenciación explícita cobre especial sentido por supuesto que se debe hacer pero ello no significa que deba hacerse a lo largo de todo el texto. Puede tener, incluso, más fuerza si el doble género se cita en determinados momentos del texto que si se hace continuamente.

En este punto, los defensores del lenguaje inclusivo me dirán “en lugar del doble género, se pueden utilizar otros recursos como una palabra genérica, o las frases de relativo o redactar la frase de otra manera…” Sin embargo, por mi experiencia, veo que este tipo de recursos a menudo complican el texto o lo despersonalizan. En este sentido, pienso que por ejemplo términos como “alumnado” o “profesorado” alejan al lector. Creo que es mucho más cercano hablar de alumnos, estudiantes o profesores y que no es lo mismo decir “los estudiantes se manifestaron en contra de la violencia” que decir “el alumnado se manifestó en contra de la violencia”. Y no por ello se entiende que únicamente quienes se manifestaron eran estudiantes de género masculino.

Otra de las estrategias que he escuchado y que últimamente he visto en muchos textos es el uso de la palabra personas precediendo a algún adjetivo como “personas trabajadoras”, “personas consumidoras”, “personas socias”, etc. Y yo me pregunto: ¿de verdad alguien en su hablar cotidiano dice “las personas trabajadoras de mi oficina…”, “las personas vecinas de mi bloque…”? Y si lo dice, ¿no es retorcer mucho el lenguaje?

Ante este tema me surge también otra reflexión de un ámbito más general: la desigualdad de la mujer sigue siendo una realidad en todos los países del mundo, incluso en los que se supone que van por delante, como los nórdicos. Sobra decir que esta desigualdad es mucho más sangrante en países en vías de desarrollo, en poblaciones de África, Asia y en muchas comunidades de América Latina. Esta es, a mi modo de ver, la gran lucha pendiente de nuestro mundo. Nuestra gran revolución pendiente. Si se lograra una igualdad real, de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres en nuestra sociedad, y en todo el mundo, éste sería tan diferente que no lo reconoceríamos. Conseguirlo, además, es una cuestión de justicia básica e indiscutible.

Precisamente por eso me da rabia que todas las energías que ponemos en esta lucha vayan dirigidas a aspectos como la “obligatoriedad” del lenguaje inclusivo, que creo es una anécdota comparado con tanto como hay por hacer.

Incluso dentro del ámbito de la comunicación y el lenguaje hay otros problemas mucho más preocupantes que me parece más urgente combatir, como la continua asignación de roles y estereotipos a mujeres y hombres habitual en medios de comunicación y en el imaginario colectivo; la escasa visibilidad de las mujeres en la sociedad; las fotografías de mujeres muy sexualizadas y casi desnudas en periódicos deportivos o su presencia solo con un fin estético-decorativo en programas de televisión o en la entrega de premios; la publicación de libros infantiles claramente dirigidos a niños o a niñas, que cada vez es más frecuente…Hay tanto en materia de comunicación que consolida y alimenta la desigualdad y la falta de un nuevo y necesario horizonte, que me parece una pérdida de fuerzas, recursos y tiempo el dirigirlo al lenguaje inclusivo.

Soy profundamente feminista y sensible a las desigualdades cotidianas, por eso creo que en la lucha no debemos perder energías en lo pequeño, en los detalles. Una lucha que, a mi modo de ver, ha resultado inútil: después de estos años de intentar consolidar el lenguaje inclusivo, creo que este se ha convertido más en una cuestión de corrección política, que en un signo de lucha por la igualdad.

Soy profundamente feminista pero no quiero pasar por la tiranía del lenguaje inclusivo. Quiero poder expresarme con libertad, utilizar el lenguaje de manera clara y directa, sencilla, usar el doble género en aquellos momentos en los que lo estime necesario y en los que realmente aporte un valor y tenga fuerza. Quiero poder hacer eso sin ser tildada de sospechosa.

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