
Acabo de releer Un tiesto lleno de lápices de Juan Farias, un libro que tengo desde que era pequeña y al que me gusta volver de vez en cuando.
En esta novela infantil, Pablo, un niño de 12 años, trata de escribir un libro pero no sabe sobre qué hacerlo porque en su vida no ocurre nada emocionante ni vive en un lugar exótico. Según cuenta: “En casa no suelen pasar cosas sorprendentes, todos los días se come a la misma hora, no hay cocodrilos en el pasillo, papá no es el delantero centro de la Selección Nacional de Hockey, ni yo soy el segundo hermano del Conde Drácula”. Aun así, él busca un cuaderno y escribe sobre su familia y las anécdotas que le suceden. Y ahí es donde encuentra su principal material literario.
Entre las reflexiones que hace el protagonista, aparece una de las frases que creo mejor definen la creación literaria:
“Ser escritor es un juego de invierno, de estarse quieto y no meter ruido”.
Para mí también, como para el niño protagonista, escribir es jugar, divertirme con las palabras, su sonido, su musicalidad, las imágenes que crea, probar sin miedo, innovar, descubrir. Pero no es un juego alborotador, expansivo, compartido con otras personas, de exterior, de primavera o verano (en las ciudades donde todavía se pueda jugar al aire libre en verano). La literatura es un juego tranquilo, de estar conmigo misma, un juego solitario (pero no lleno de soledad), en el que disfruto de pararme a mirar y dejo que el pensamiento vuele. Porque jugar es ser libre, jugar es libertad.
Ese mismo espíritu y ambiente de libertad y las reflexiones sobre la escritura y la vida cotidiana me han recordado el libro Cuadernos de todo de Carmen Martín Gaite, una de mis autoras favoritas. Releyendo las dos obras he descubierto que tienen mucho en común. De hecho, una de las citas que tengo subrayadas del libro de Gaite es: “Libertad es pensamiento, soledad”.
Es cierto que la creación de cada uno es muy diferente: Un tiesto lleno de lápices es una novela con unos personajes y un desarrollo narrativo. Cuadernos de todo no es un libro planteado como una obra completa, sino que recoge textos breves y apuntes escritos a lo largo de décadas por la autora salmantina. Salvando esta diferencia de planteamiento inicial, los dos surgen de la misma idea: nuestra vida cotidiana como el principal hilo del que tirar para hacer literatura.
Así, situaciones como ir en autobús, esperar en un banco a su hija o hablar con un amigo, en el caso de Martín Gaite, o comer croquetas y jugar con su mascota, en la novela de J. Farias, constituyen el germen que les motiva a escribir.
Al igual que el protagonista de Farias, también Martín Gaite elige cuadernos para volcar sus vivencias y las reflexiones que le inspiran. Los dos eligen y guardan las libretas con mimo, algo con lo que yo también me siento identificada.
Pero, sin duda, la conexión más emocionante de ambas obras es la del vínculo familiar: a Pablo, su padre le regala el lápiz con el que escribe el libro. Y a Martín Gaite fue su hija, Marta, quien siendo niña le regaló un cuaderno para “meterlo todo desordenado y revuelto”. A partir de ahí, la autora empezó a escribir lo que ella bautizó como “Cuadernos de todo”. Este paralelismo padre-hijo, hija-madre me parece una preciosa casualidad, muy significativa de cómo los lazos afectivo-familiares nos motivan a crear.
Me emociona mucho encontrar este tipo de coincidencias entre obras para niños y para adultos, porque demuestra que los temas que mueven a los autores a escribir son los mismos independientemente del público al que se dirijan. Y desde el otro lado, como lectores, lo que nos conmueve siendo pequeños nos sigue conmoviendo con el paso de los años.