En voz alta

Cuento cuentos, escribo y pienso, aunque no siempre lo hago en este orden.

Sapo y Sepo y el huerto de Emerson

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Dice Luis Landero en las primeras líneas de El huerto de Emerson: “Cuando uno no sabe qué escribir, cuando la imaginación flaquea, cuando el alma se apaga y se embrutecen los sentidos, y cuando aun así uno siente la necesidad de escribir, siempre queda la posibilidad de abandonarse a los recuerdos. En nuestro pasado está todo cuanto necesitamos para encender el fuego de la inspiración”. Esta sugerente frase es sólo un aperitivo de lo que viene después, una novela excepcional sobre la memoria y la necesidad de contar y escuchar historias.

Leyéndola me acordé de El cuento (de Sapo y Sepo son amigos) en el que Sepo, preocupado porque ve a su amigo Sapo “más verde de lo normal” le recomienda meterse en la cama mientras trata de contarle un cuento. Pero a Sepo no se le ocurre ninguno.

Entonces se pone a hacer todo tipo de cosas para inventárselo: andar por el porche de la casa, echarse agua en la cara, darse cabezazos… estrategias que finalmente solo le sirven para sentirse mal y meterse en la cama. En ese momento es Sapo quien decide contarle un cuento. Y recurre a la memoria, en este caso inmediata, porque le narra a Sepo en forma de historia lo que él acaba de hacer, sus paseos por el porche de la casa, su agua en la cara o los cabezazos que se ha dado contra la pared.

Los dos libros, siendo de dos autores (grandes autores) de continentes, lenguas y dirigidos a públicos distintos, en el fondo hablan de lo mismo: los recuerdos como nuestro más cercano y valioso material narrativo.

Y yo, con el mismo deseo de escribir que el protagonista de Landero pero con el mismo tormento que vive Sepo, me he puesto a recordar, a tirar del hilo de la memoria de mi infancia a ver qué sale. Y sale de todo.

He recordado, por ejemplo, que de pequeña yo iba siempre de rojo y mi hermana de azul;  que nunca tuve el pelo largo; que en los restaurantes, cuando veía las cabezas de toros disecadas, yo estaba convencida de que el resto del animal estaba detrás de la pared.

He recordado que mi colegio estaba junto a la “casa vieja” en la que ocurrían todo tipo de misterios.

He recordado que me sentía fuerte pensando que dentro de mi cabeza no entraba nadie más que yo, que mis pensamientos nadie podía verlos, eran míos y solo míos. Esa idea era mi espacio, mi refugio, mi casa y mi bandera.

También he recordado que los monstruos más terribles aparecieron a los 11 o 12 años; y he recordado la impresión que me produjo descubrir que había niños en África que no tenía que comer. Nos lo contó la profesora, cuando yo estaba en Tercero de EGB, y desde mi estómago sentí la necesidad de ayudarles y enviarles dinero para que compraran leche, porque había aprendido que “era un alimento completo”.

Seguiré tirando del hilo.

¿Saldrá algo de aquí?

Al menos, ya salió este texto.

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